5 de octubre de 2014

Yo te educo, tú me educas, nosotros nos educamos

Autor: José Antonio López Fernández
La educación de un niño empieza muy pronto y no termina nunca. Napoleón decía que la educación de los niños empieza 25 años de que nazcan, es decir empieza y está ya condicionada por el contexto social y cultural de la familia donde nace. También es cierto que el niño en el claustro materno percibe sensaciones y estímulos, tanto positivos como negativos, que le llegan a través de la madre. Y lo que es innegable es que la madre es la primera educadora del niño, también el padre pero, por condicionantes sociales y culturales, menos que la madre. 


El gran pedagogo Froebel, en el siglo XVIII, cuando ni remotamente se pensaba en la escolarización de los niños pequeños, ideó unos materiales, los dones, pensando en que fueran las madres las que los utilizaran con sus hijos. Uno de estos dones es la pelota, ! Las maravillas que puede hacer un niño ya de meses cuando se le pone una pelota en sus manos! La madre, el padre, la familia en sentido amplio (abuelos, tíos primos e incluso amigos y vecinos) educan al niño en sus años de vida previos a la escolarización, estimulándole para que manipule los objetos, para que vaya adquiriendo el lenguaje.
Ellos educan al niño y el niño les educa a ellos. El niño pequeño hace que los adultos, al relacionarnos con ellos, saquemos de dentro lo mejor de nosotros mismos. Los progresos del niño, los adultos los celebramos con alegría y alborozo. Alegría y alborozo que el niño capta y sirve de estimulo para hacer nuevos aprendizajes. Ya de muy pequeñito el niño tiende a agradar al adulto. 
Ya antes de que el niño vaya a la escuela ha experimentado, en un clima de afecto y de aceptación, que significa enseñar y aprender. En su contexto familiar el niño ha sido educado por los adultos cercanos y los adultos cercanos han sido educados por el niño. 
La tarea de educar se parece mucho a la construcción de una catedral. Las catedrales se construyen piedra a piedra, día a día, año a año. Y su construcción dura mucho, mucho tiempo. Los tiempos en educación son largos, muy largos, en realidad no tienen nunca fin. La educación es una bonita utopía que no se alcanza nunca. La educación es camino dice Cavafis en su bonito poema, Itaca, de una manera bella, como sólo saben decirlo los poetas...
Las piedras de las catedrales las pican cuidadosamente los picapedreros y quienes mejor lo hacen son aquellos que saben que con cada golpe del cincel, que con cada piedra, están construyendo una catedral. 
En educación eso es también así, las familias y los profesionales de la educación somos “los picapedreros” y no se nos puede olvidar, que con cada actuación nuestra, ya sea explícita o implícita, transmitimos valores y actitudes, estamos contribuyendo a la educación de los niños y de los jóvenes y debemos hacerlo bien porque la educación de un niño o de un joven es algo mucho más valioso que la más valiosa de las catedrales. Cuando el niño llega a la escuela, el proceso educativo debe ser parecido al vivido en la familia. La escuela debe dar seguridad al niño en un clima afectivo de forma que el niño, cualesquiera que sean sus condiciones físicas o psíquicas, se sienta aceptado y respetado como persona. Los niños son unos evaluadores muy expertos. 
A las pocas semanas de haber entrado en la escuela ya, de manera intuitiva, ha percibido el grado de aceptación que tiene por parte de su maestra o maestro. La respuesta del niño a las propuestas de trabajo que se le hagan, serán más o menos entusiastas, en tanto en cuanto se sienta más o menos aceptado y respetado y ¿por qué no decirlo?, tanto en cuanto se sienta querido, amado. La educación es amor. 
Los niños, al escolarizarse, encuentran una nueva institución diferente de la institución familiar, la escuela y unas nuevas personas diferentes del padre y de la madre, son los maestros y las maestras. Ahora el niño será educado también por los maestros y las maestras, él educará también a ellos. Un maestro, sabe muy bien cuando actúa bien profesionalmente porque los niños se lo manifiestan mediante el lenguaje no verbal y muchas veces, cuando son más pequeños, también lo expresan de manera explicita. Un maestro que actúa bien sale cada día satisfecho de la escuela. Satisfecho y, con la sensación de que es un poco mejor persona y mejor profesional de que lo era el día anterior. 
Los niños en los primeros años de vida son extraordinariamente creativos. Sienten curiosidad por todo. Picasso decía que todos los niños nacen artistas. Los adultos y especialmente la escuela no cultivamos adecuadamente ese potencial creativo. Valoramos en exceso lo académico, lo puramente intelectual, descuidando la dimensión artística (música, danza, expresión plástica…) y la dimensión afectiva. 
Este es un grave defecto del sistema educativo que genera patología. Es muy necesario corregir este tratamiento un tanto desequilibrados del potencial de los niños Todos los niños nacen con talento, con mucho talento y la sociedad y el sistema educativo valora y prioriza sólo una clase de talento el relacionado con los aprendizajes intelectuales. Este es uno de los errores más grandes del sistema educativo y una de la causa del mal llamado fracaso escolar, si mal llamado, porque el fracaso no es solamente ni siquiera principalmente el fracaso de los niños y de la escuela. Es el fracaso de la sociedad. 
Los adolescentes, ante su aparente seguridad y sus manifestaciones de autosuficiencia, son tremendamente frágiles. Piden a gritos la ayuda del adulto. Tienen la misma necesidad de seguridad y de afecto que cuando eran pequeños. La actuación del educador es la misma en el fondo que con los niños pequeños, aceptación y respeto y luego, en un clima afectivo de relaciones positivas, ellos también “se dejan” educar y nos educan a nosotros. 
Pero eso además de ilusión y entusiasmo requiere esfuerzo, esfuerzo y corresponsabilidad. Esfuerzo de los niños y de los jóvenes, esfuerzo de las familias, esfuerzo de los profesionales de la educación, esfuerzos de los responsables de la política educativa. Tienen que esforzarse los alumnos, tienen que esforzarse las familias, tenemos que esforzarnos los profesores. La educación de los niños y de los jóvenes se sustenta en dos instituciones de gran importancia social, la familia y la escuela. La escuela y la familia. El proceso de educar a un niño es parecido al proceso de construir una catedral. Una catedral, se construye, piedra a piedra y día a día durante mucho tiempo. Cada acto de los padres o de los profesionales de la educación, es una piedra que ayuda a la construcción de la catedral. Todos somos “picapedreos” que no podemos olvidar que, juntos estamos construyendo una catedral, que estamos educando a un niño, a una persona y cualquier persona es más valiosa que la mas admirables de las catedrales. 
Familia y escuela están condenadas a entenderse Los naturales conflictos que surjan, deben resolverse entre adultos, mediante el dialogo, dejando al margen a los niños. Todos tenemos el mismo fin, construir la catedral. No podemos perder el tiempo acusándonos unos a otros de que tu picas mejor la piedra que yo o que yo pico más piedras que tu. Los conflictos se resuelven mediante el dialogo y si así no, la solución es siempre más dialogo. 
Cada uno de “los picapedreros” debemos educar al niño pero el niño también nos educa a nosotros. Nos educamos mutuamente. Yo te educo, tú me educas, nosotros nos educamos. Niños y jóvenes, familias, maestros y profesores, todos tenemos que saber conjugar muy bien el presente de indicativo del verbo educar. Y educar es amar. Educar es dialogar. Educar es respetar, es ayudar a que cada niño, cada joven asuma unos valores y aprenda a vivir de manera coherente con ellos.

José Antonio López Fernández. 
Miembro de la Fundación Juan Uña Para la Educación y el Desarrollo en Extremadura.

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